IL PROFUMO DEL PANE

El perfume del pan. Huele tan bien que esta mañana no podía despegarme de la bolsa. También hemos ido a lo de un señor que hace quesos; en su heladera además tiene leche, unas cajas con huevos, varios tipos de quesos, jamón y salame.

La materia prima de aquí es increíble, la calidad es lo natural y de ahí se cuentan todas las historias. Nuestras mañanas se han vuelto un paseo luego de dejar a las niñas en la escuela, recorremos los pueblitos de la vuelta (a veces nos hemos ido un poco más allá, cómo el día que fuimos a Trento por una hora) y así vamos descubriendo.

Mamá me cuenta que uno de los recuerdos más grabados en el corazón que tiene de su padre, es cuando se perdían por los caminos rurales, buscando remates y sitios nuevos por descubrir. Parece ser que los recuerdos que más adora el corazón son los más sencillos.

El barcito de la esquina

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Esta mañana mientras esperábamos a que abriera el municipio, nos tomamos un café en el bar del pueblo. Hemos tenido que ir hasta Vicenza y ejercitarnos tantísimo en la paciencia y luego, como premio, almorzamos otra vez en este lugar, unos paninos, helados y café.

Enamorada de este país.

¡¡Muchas gracias a todos los que comentan mis historias!! Y a los que me escriben por aquí. Me encanta que se sientan inspirados por estos lugares tanto como yo al verlos, hay dos personas que me escribieron sobre la nostalgia que le provoca haber visto los pueblos de sus abuelos en mis historias. ¡¡¡Gracias!!! 

** Este post fue publicado tal cual en Instagram y Facebook, por eso la referencia del último párrafo. También agradezco a quienes me leen por aquí.

VIAJE A Trento por unas horas

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Pablo me dice que tengo que volver a pintar. Y es verdad, pero en estos días, mientras todavía nos acomodamos, tengo la necesidad de ir dejando en palabras todo lo que estamos viviendo.

Esta mañana hemos ido a Trento. Fuimos por un camino increíble porque algunos tramos de las rutas principales estaban cortadas y tuvimos que ir por el costado. Cuánto mejor… pasamos por Sarson, Campese, Campologno sul Brenta y San Nazaro. ¡Cómo describirlos…! Ay, ¡las palabras se me quedan cortas! Me está gustando muchísimo la compañía de las montañas, juego a mirarlas fijo mientras Pablo maneja y trato de conectarme con su inmensidad. Los árboles que las habitan ya están anaranjados, amarillos y marrones, porque de este lado del mundo, estamos en otoño hace un tiempo. Y así, vamos avanzando por los caminos angostos bordeados de piedras redondas una sobre otra, tan llenas de musgo de un verde nuevo y brillante.

Nos encontramos con varios ciclistas por el camino, van vestidos tan bien que me parecen todos muy profesionales. Quiero comprarme una bicicleta, he visto una holandesa que está muy bien de precio y me está tentando muchísimo, pero me lo pienso porque ahora se viene el frío y la nieve y me da un poco de pereza. Vemos por todas partes las chimeneas humeantes, y al fondo, las montañas siempre. Son tan grandes que abrazan a todas las casas y al prado que está a sus pies. Vemos arrieros con sus ovejas y cabras. Carteles de sitios donde hacen quesos y puestos de manzanas, miel y nueces. ¡¡¡Quiero parar en todos los sitios!!! Cuando finalmente llegamos a Trento, estamos muy pocas horas pues ya casi tenemos que volver, hay que buscar a las niñas en la escuela.

Le digo a Pablo que mi próximo escrito será sobre la belleza del camino, sobre disfrutar de todo lo que te va pasando mientras tu objetivo es llegar. La verdad es que estuvimos cuarenta minutos en Trento y ya tenemos que emprender la vuelta. Quiero volver otra vez a caminar sus calles. A la vuelta, paramos en una estación de servicio y compramos unos panes con salame y otros con speck y mortadela. Dos macchiatos y un chocolate blanco, de los más ricos que he comido. Seguiremos un poco más hasta llegar a San Nazaro, donde es inevitable detenernos, porque pasa un río que creemos sea el Brenta, y pasamos por el puente ancho, con barandas tan bajas!! Y tan alto, con el agua tan revuelta… qué vértigo!! Alucinamos con las montañas otra vez, bordeando la ciudad, el olor a campo que hay en el ambiente y las chimeneas humeantes que no nos abandonan. El pueblo me puede el corazón, estoy enamorada de los pueblos y del campo tan habitado. Hay cafecitos pequeños pero la verdad es que tengo que ponerme un límite con los cafés diarios si no acabas por tomarte diez cafés al final del día… cosas de vivir aquí. Hay miles de papeles por resolver, pero cada cosa a su tiempo, como dice mi amigo Beppe, mi espectro del soportar la burocracia se ha vuelto más alto.. de a poco, ¡nos vamos entrenando! 

Ya estoy pintando de nuevo. Desde lo alto de esta casa-granero, donde hemos sabido instalar una mesa prestada, una alfombra marroquí también prestada, y todas las pinturas. Pueden escribirme con sus consultas, pedidos, y lo que quieran! Aquí estoy! Un saludo e buona giornata!!!

Maróstica y su algo especial

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Estamos en Maróstica. Una señora llega en bicicleta al café de la esquina a encontrarse con su amiga, va maravillosamente vestida con tacones y un abrigo que llega a los tobillos.

Dos señores conversan en la Piazza Castello, ambos van con sombrero. Son las nueve de la mañana y la ciudad ya tiene un movimiento importante, los encuentros son en el café, en el mercado, en la calle. Los veo y me inspiran. Observar se ha vuelto mi adicción, es mi cine permanente, donde los últimos títulos siempre están disponibles. Tan cercana, tan como “en casa”, así es Italia. Caminar por las callecitas de Maróstica me hace creer en la belleza de lo imprevisto, encontrarse con una Iglesia inmensa y bellísima, con un café metido en una calle escondida o perderse entre montañas y pasillos angostos son cosas que te pueden suceder.

A medida que caminamos, el perfume del café nos baña la cara y podemos ver más allá de las montañas, elevados. Hay una pastelería que vende paletas de azúcar rosa durazno y blanco crema, me quedo pegada a la vitrina como una niña deseando tenerla. Sueño porque es increíblemente sano, y creo en los chocolates y los macarons de colores. Ayer vimos un arcoíris en las montañas, fue un momento perfecto. También subimos por un camino que nos llevó hasta lo alto y entre nubes, pudimos admirar los pasajecitos de piedras y árboles muy verdes. Pensar que todo ésto está a la vuelta de la esquina es un regocijo en el corazón y las mariposas en la panza como cuando te enamoras. Da un poco de nervios y ansiedad, precioso. ¡Quiero más días así!