Maróstica y su algo especial

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Estamos en Maróstica. Una señora llega en bicicleta al café de la esquina a encontrarse con su amiga, va maravillosamente vestida con tacones y un abrigo que llega a los tobillos.

Dos señores conversan en la Piazza Castello, ambos van con sombrero. Son las nueve de la mañana y la ciudad ya tiene un movimiento importante, los encuentros son en el café, en el mercado, en la calle. Los veo y me inspiran. Observar se ha vuelto mi adicción, es mi cine permanente, donde los últimos títulos siempre están disponibles. Tan cercana, tan como “en casa”, así es Italia. Caminar por las callecitas de Maróstica me hace creer en la belleza de lo imprevisto, encontrarse con una Iglesia inmensa y bellísima, con un café metido en una calle escondida o perderse entre montañas y pasillos angostos son cosas que te pueden suceder.

A medida que caminamos, el perfume del café nos baña la cara y podemos ver más allá de las montañas, elevados. Hay una pastelería que vende paletas de azúcar rosa durazno y blanco crema, me quedo pegada a la vitrina como una niña deseando tenerla. Sueño porque es increíblemente sano, y creo en los chocolates y los macarons de colores. Ayer vimos un arcoíris en las montañas, fue un momento perfecto. También subimos por un camino que nos llevó hasta lo alto y entre nubes, pudimos admirar los pasajecitos de piedras y árboles muy verdes. Pensar que todo ésto está a la vuelta de la esquina es un regocijo en el corazón y las mariposas en la panza como cuando te enamoras. Da un poco de nervios y ansiedad, precioso. ¡Quiero más días así!